Sunday, sunday
Es uno de mis consejos más repetidos: “no utilices los domingos para darle vueltas a la cabeza”.
Será por la resaca, porque son días grises o porque la inminencia del lunes nos aprieta el espíritu, pero hace tiempo comprendí que los domingos no son días para hacer revisión de nuestra vida ni mucho menos tomar decisiones, que en el menos malo de los casos pueden apagar nuestra ilusión en cosas importantes.
Como suele ser habitual, uno suele ser el primero en no aplicarse sus propios consejos, y he acabado enfrentándome a algunos de mis miedos.
La decepción, la tristeza, el darte cuenta de que tu “esquema de vida” no es compartido por otras personas. En definitiva, ver que la película que uno se monta en la cabeza no coincide con la realidad, es algo a lo que uno no debería plantar cara un domingo.
La decepción hiere como un cuchillo oxidado.
Lo más triste es que el único responsable es este que os habla, porque la decepción suele proceder de las falsas expectativas. De hecho, esto es lo que causa el optimismo, decepción. Por el contrario, el pesimismo te pone en el peor de los escenarios y la vida, después, te transmite alivio y te muestra una cara más amable.
No voy a mandar todo a la mierda por un domingo y por haber decidido mirar a la vida con ojos de optimista. No voy a dejar de pensar que tengo razón, y que la actitud que tomamos ante la vida supone la diferencia entre el éxito y el fracaso. No he llegado hasta aquí para soltar las riendas de mi destino y menos aún para sufrir.
Prefiero pensar que soy capaz de reinventar el mundo y hacer de él algo más parecido a lo que quiero.
Por eso, porque los domingos no son días para pensar, dejaré al tiempo que haga su trabajo y cuando cuente con el necesario sosiego, decidiré como afrontar mi nuevo paradigma.
Seguramente, mañana el sol vuelva a salir.